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Si hay algo que mola de Tailandia, además de las playas de postal en Krabi o esos templazos dorados en Bangkok que te dejan loco, es cómo comen los thai. Y no, no te hablo del pad thai que pides en el asiático de la esquina (que está bueno, eh, pero no es lo mismo). Aquí el rey de la fiesta es el khao niao, el arroz pegajoso. Es como el pan nuestro de cada día, pero en versión tropical y con más personalidad. Imagínatelo: una bolita de arroz que se pega entre sí como si tuviera velcro, servido en esas cestitas de bambú tan monas que ves en los mercados de Chiang Rai.

Esto no es un arroz cualquiera, amigo. Lo pillan del nordeste, de esa zona de Isaan donde la vida va a otro ritmo, entre campos verdes y búfalos que te miran con cara de “qué haces aquí, farang”. Ahí cultivan el arroz glutinoso, que no es que tenga gluten (tranqui, hipocondríacos), sino que es pegajoso por natura. Tailandia sacó pecho con 10 millones de toneladas de arroz, y una buena tajada era de este tipo. No lo digo yo, lo dicen los números del Departamento de Comercio tailandés, pero no te aburras con eso, que aquí hemos venido a disfrutar.

Lo guay es cómo lo usan. En el norte, tipo Chiang Mai o Pai, te lo meten al lado de un som tam (esa ensalada de papaya verde que pica como un demonio y te hace sudar la gota gorda) o con un trozo de pollo a la brasa que huele a lemongrass desde tres calles más allá. Lo coges con las manos, lo haces bola como si fueras un niño jugando con plastilina, y ale, a mojar en la salsa o a pillar un cachito de cerdo asado. En el sur, cerca de las playas de Phuket, lo flipas más todavía porque lo mezclan con mango maduro y leche de coco. Khao niao mamuang, le llaman, y es un postre que te hace plantearte si el arroz con leche de tu abuela tiene competencia seria.

Y como sé que a ti te gusta meterle mano a la cocina, te voy a pasar la receta del khao niao que me enseñó una señora en un mercado de Sukhothai, entre risas y gestos porque mi tailandés es un desastre. Es fácil, pero tienes que pillarle el truco. Necesitas:

  • 500 g de arroz glutinoso (lo encuentras en tiendas asiáticas, no te líes con el del súper normal).
  • Agua, pa’ remojarlo y cocerlo.
  • Una vaporera o algo que se le parezca (si tienes una cesta de bambú como los thai, ya eres el jefe).

Primero, lava el arroz unas tres veces hasta que el agua no salga turbia, que parece que estás limpiando una reliquia. Luego, déjalo en remojo unas 6 horas, o toda la noche si eres de los que planea la vida con tiempo. Escúrrelo bien y mételo en la vaporera sobre un paño limpio (nada de meterlo suelto, que se te va a desparramar). Cocínalo al vapor unos 25-30 minutos, hasta que esté blandito pero con ese rollo pegajoso que lo hace especial. Y ya está, listo pa’ liar bolas con las manos y zamparlo con lo que te dé la gana: un curry verde, un mango maduro o lo que pilles por casa.

Esto lleva siglos en la mesa thai, desde los tiempos en que los reyes de Ayutthaya se ponían finos en sus palacios. Hoy lo ves en cualquier lao: en los puestos callejeros de Sukhothai, donde una señora te lo envuelve en hoja de plátano por cuatro bahts, o en las fiestas del pueblo, cuando lo tiñen de colores locos con flores y lo comparten como si fuera el alma de la pachanga. Hasta en los templos budistas lo usan para las ofrendas, porque aquí el arroz no es solo comida, es cultura pura.

Si vienes a Tailandia, no te cortes: métete en un mercado nocturno, como el de Night Bazaar en Chiang Mai, pide un plato con arroz pegajoso y déjate llevar. Eso sí, cuidado con el picante, que estos thai no se andan con chiquitas. Y si te manchas las manos, pues nada, te las lavas con una sonrisa y sigues flipando con este país que no para de sorprender. O hazlo en casa y presume de chef thai. ¡A comer, que aquí no se desperdicia nada!