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Oye, ¿has oído hablar de Constance Phaulkon? Este tío era un griego con más vidas que un gato callejero de Chiang Mai. Estamos hablando de un aventurero que, allá por el siglo XVII, se plantó en Tailandia (bueno, Siam, como le decían entonces) y terminó siendo el colega inseparable del rey Narai. ¡El mano derecha del jefe, nada menos! Pero no creas que llegó en plan conquistador con capa y espada; no, este pavo era más de ir improvisando, como quien se pierde en el mercado flotante de Damnoen Saduak y acaba comprando un sombrero de paja y tres kilos de mango por accidente.

Phaulkon nació en 1647 en una islita griega llamada Cefalonia, y desde pequeño ya apuntaba maneras de no quedarse quieto. Con 20 añitos, se largó a Londres trabajando para los ingleses de la East India Company, que eran como los influencers del comercio de la época. De ahí dio un salto a Asia, y en 1678 ya estaba pisando las tierras calurosas y pegajosas de Ayutthaya, la capital de Siam por aquel entonces. Imagínatelo: templos dorados por todas partes, elefantes paseando como si fueran perros, y el río Chao Phraya lleno de barcas cargadas de especias y pescado seco. Un espectáculo.

El caso es que este griego no era de los que se conforman con vender souvenirs en Khao San Road. Aprendió el idioma tailandés más rápido que tú y yo pidiendo un som tam picante en un puesto callejero, y se ganó la confianza del rey Narai como si fueran colegas de toda la vida. ¿Cómo lo hizo? Pues con una mezcla de carisma, labia y esa habilidad de caer bien hasta a un monje budista en plena meditación. En 1682, ya estaba de consejero real, y para 1685 era el “Phra Khlang”, o sea, el que mandaba en comercio y asuntos extranjeros. Vamos, el que decidía si los barcos franceses o holandeses podían atracar en el puerto de Phuket o se iban a freír espárragos.

Y aquí viene lo jugoso: Narai y Phaulkon eran como el duo dinámico de Siam. El rey quería modernizar el reino, abrirlo al mundo como quien abre una lata de leche de coco, y Phaulkon era el cerebro detrás de eso. Trajo a los franceses a la mesa —literalmente, en 1685 llegaron embajadores de Luis XIV con pelucas rizadas y todo— y negoció tratados que dejaron a Siam en el mapa europeo. Hasta soñaron con convertir al rey al cristianismo, aunque eso era más complicado que convencer a un tailandés de que deje el arroz pegajoso por unas tapas de tortilla.

Pero, claro, tanto brillo tenía que traer envidias. Los nobles siameses y los militares lo miraban con cara de “este farang (extranjero) quién se cree”. Y cuando Narai se puso enfermo en 1688, la cosa se puso fea. En Lopburi, donde el rey tenía su palacio rodeado de monos y jardines, estalló un golpe de Estado liderado por un tal Phetracha. A Phaulkon lo pillaron, lo acusaron de traición y, zas, el 5 de junio de 1688 le cortaron el cuello. Fin de la película. Bueno, para él, porque Siam siguió su rollo, con sus templos, sus currys verdes y sus noches de fiesta en Sukhumvit.

Lo curioso es que este griego dejó huella. Hoy, si te pasas por el Museo Nacional de Bangkok o lees sobre Ayutthaya, su nombre sigue saliendo, como un eco de esos vendedores gritando “¡satay, satay!” en Chatuchak. Y oye, si vas a Lopburi, cuidado con los monos, que todavía mandan más que los turistas. Phaulkon fue un tipo que vivió a tope, se codeó con reyes y acabó mal, pero mientras duró, menudo fiestón se montó en Tailandia.