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Vivo en Bangkok desde hace un tiempo y, si algo me ha llamado la atención desde el primer día, son las estatuas de gallos. Las veo en templos, en shrines pequeños al lado de la carretera, en mercados… ¡hasta en sitios donde no te lo esperas! Al principio pensé que tendría que ver con el zodiaco chino —el gallo es uno de los doce animales, ¿no?— y como aquí hay tanta influencia china, me cuadraba. Pero no. Resulta que la historia es mucho más épica y tiene como protagonista a un rey tailandés que se convirtió en leyenda: Naresuan.

Un rey, un gallo y una pelea épica

Todo empieza en el siglo XVI, cuando Tailandia (o el reino de Ayutthaya, como se llamaba entonces) estaba bajo el yugo de los birmanos. Naresuan, que era príncipe en esa época, fue llevado como rehén a Pegu, la capital birmana, cuando era solo un crío. Allí, creciendo entre la realeza enemiga, se dice que participó en una pelea de gallos que cambió su vida. Su gallo, criado con el orgullo de un tailandés, se enfrentó al del príncipe birmano… y ganó. Pero lo mejor viene ahora: el príncipe birmano, humillado, llamó al gallo de Naresuan “animal esclavo de guerra”. ¡Menudo zasca! Ese insulto se le quedó grabado a Naresuan y, cuentan, fue el empujón que necesitaba para jurar que liberaría a su pueblo.

Años después, ya como rey, Naresuan cumplió su promesa. Lideró a Ayutthaya hacia la independencia, enfrentándose a los birmanos en batallas legendarias (como la de la elefantes, pero esa es otra historia). Y desde entonces, el gallo se convirtió en un símbolo de su valentía, de su espíritu luchador y de la libertad tailandesa.

Gallos por todas partes: un homenaje vivo

Por eso, cuando paseo por Bangkok o visito Ayutthaya —donde está el famoso monumento a Naresuan rodeado de cientos de estatuas de gallos—, empiezo a entenderlo todo. No son solo decoración. Son ofrendas. Los tailandeses, especialmente los que practican muay thai o buscan fuerza y éxito, traen estas figuras para honrar a Naresuan y pedir un poco de su coraje. En el norte, como en Phitsanulok o Chiang Rai, también los he visto, algunos enormes, mirando al cielo como si estuvieran listos para pelear.

De película y de corazón

Si te suena a guión de cine, no vas desencaminado. En 2007, salió una película tailandesa, The Legend of King Naresuan, que cuenta esta historia y puso el foco en el gallo como el detonante de todo. No sé cuánto hay de verdad histórica y cuánto de leyenda (los historiadores dicen que los detalles son un poco difusos), pero aquí eso no importa tanto. Lo que cuenta es lo que significa para la gente. Cada vez que paso por un templo y veo un gallo de cerámica o metal, me imagino a Naresuan, joven y desafiante, con su campeón emplumado en la mano.

Una curiosidad que me flipa

Como español, al principio me chocaba ver tantos gallos por ahí. En mi tierra, un gallo es más bien algo que canta al amanecer o que acaba en el plato con un poco de vino tinto. Pero aquí es diferente. Es un pedazo de historia viva, un recordatorio de que hasta las cosas más pequeñas —como una pelea de gallos— pueden cambiar el destino de un país. Así que la próxima vez que me cruce con una de estas estatuas camino al mercado o al 7-Eleven, le haré una foto y me acordaré de Naresuan. Y quién sabe, igual hasta me animo a visitar Ayutthaya otra vez para contaros más desde allí.