El Origen De Los TukTuk En Tailandia
Si hay algo que te grita “¡Tailandia, colega!” desde el minuto uno que pisas Bangkok, Chiang Mai o cualquier rincón con vida, eso son los tuk-tuk. Esos carricoches de tres ruedas que parecen sacados de una peli de locos, zumbando entre el tráfico como si fueran los reyes del asfalto. ¿De dónde salieron estos bichos? Bueno, pues la historia tiene su miga, pero te la cuento tranqui, como si estuviéramos compartiendo unas Chang fresquitas bajo un ventilador que apenas mueve el aire.
Todo arranca en los años 50, cuando Tailandia estaba en plan “venga, vamos a modernizarnos un poco, pero sin pasarnos”. El país estaba creciendo, la gente necesitaba moverse rápido por las calles caóticas de Bangkok, y los rickshaws de pedales —esos que iban con un pobre currante sudando la gota gorda— ya no daban la talla. Entonces, alguien con buena vista dijo: “Oye, ¿y si le metemos un motor a esto?”. Y así, en 1959, llegaron los primeros tuk-tuk, importados de Japón como si fueran un souvenir cañero. Eran los Daihatsu Midget, unos cacharritos con motor de dos tiempos que hacían un ruido infernal, como si una motosierra se hubiera liado con una lavadora. Los tailandeses los miraron y pensaron: “Esto mola, pero lo vamos a hacer a nuestra manera”.
Y vaya si lo hicieron. En los 60, empresas locales como Thai Charoen y Bangkok Motor pillaron la idea y empezaron a fabricarlos en Tailandia, tuneándolos al estilo thai. Les metieron colores chillones —amarillo, rojo, verde, como si fueran un puesto de mango sticky rice ambulante—, un techo para que no te achicharraras con el sol o te calaras en el monzón, y un asiento apretujado donde cabe media familia si te apañas bien. El nombre, por cierto, no tiene misterio: “tuk-tuk” es por el sonido que hace el motor, como un “tuk-tuk-tuk” que te taladra el cerebro mientras esquivas motos y carros de som tam en Silom Road.
Para 1971 ya había unos 6.000 dando guerra por las calles, y hoy, aunque no hay cifra exacta (porque esto es Tailandia, aquí nadie lleva la cuenta de todo), se dice que Bangkok sigue teniendo miles. Eso sí, no te creas que es el paraíso: el humo que sueltan te deja la garganta como si hubieras fumado un cartón de tabaco, y negociar el precio con el conductor es un deporte nacional. Tú dices “¿50 baht a Wat Pho?”, y él te suelta “200 baht, amigo, ¡tráfico muy malo!”. Al final, te subes por 100 y te rezas un padrenuestro tailandés para llegar entero.
Pero ojo, que no todo es tan loco como parece. Los tuk-tuk son parte del alma del país. Te llevan del mercado flotante de Damnoen Saduak a tomarte un curry verde en un garito escondido, o te pasean por las callejuelas de Chiang Mai mientras esquivan monjes con sus túnicas naranjas. Y si tienes suerte, el conductor te cuenta su vida o te ofrece un desvío “especial” a una tienda de souvenirs (spoiler: no vayas, es una trampa). Con el tiempo, hasta les coges cariño, como a ese amigo un poco pesado pero que siempre está ahí.
Dato curioso que igual no sabías: aunque los tuk-tuk son el icono tailandés por excelencia, en los últimos años han perdido un poco de fuelle por culpa de los taxis con aire acondicionado y las apps tipo Grab. Siguen siendo el rey de las turistadas y de las noches locas en Khao San Road. Incluso hay versiones eléctricas dando vueltas, más silenciosas y menos humeantes, aunque los puristas dicen que sin el “tuk-tuk-tuk” no es lo mismo.
Así que nada, la próxima vez que estés en Tailandia, súbete a uno, regatea como si te fuera la vida en ello, y déjate llevar por el caos. Porque si no has ido en tuk-tuk con el viento dándote en la cara y un tailandés gritándote “¡Very fast, very fun!”, no has vivido Tailandia de verdad. ¿Qué me dices, te animas?