El Parque De Benchakitti En Bangkok
Si alguna vez te pilla por Bangkok y necesitas un respiro del caos de tuk-tuks zumbando, motos que parecen jugar al Tetris entre el tráfico y ese calor pegajoso que te hace sudar hasta el alma, apúntate este sitio: el parque Benchakitti. No es solo un parque, eh, es como un oasis en medio de la locura tailandesa. Imagínate: estás paseando entre arbolitos bien puestos, lagos que reflejan el cielo como si fueran espejos, y de fondo, los rascacielos de Sukhumvit dándote un guiño futurista. Es como si Tailandia te dijera: “Tranquilo, colega, aquí puedes bajar el ritmo un rato”.
Este lugar está en pleno corazón de Bangkok, pegadito a la zona de Asok y Sukhumvit, que ya sabes que es donde pasan cosas. Antes aquí había una fábrica de tabaco que cerró en los 90, y en 1994 alguien con buena onda decidió convertirlo en un parque para que los tailandeses (y los guiris como nosotros) tuvieran dónde estirar las piernas. La movida es que lo inauguraron por el cumpleaños de la reina Sirikit, que por cierto nació un 12 de agosto, así que ya sabes, puro rollo real tailandés. Ahora tiene 72 hectáreas —sí, he dicho hectáreas, no metros— para que te pierdas un rato entre naturaleza y vibes tranquilas.
Lo guay es que el parque no es solo un césped con cuatro árboles. Tiene un lago enorme, el Ratchada, que ocupa como 20 hectáreas y está rodeado de un caminito de 2 kilómetros perfecto para pasear, correr o hacerte el fit con una bici alquilada. Si vas al atardecer, flipas: el sol se pone rojo como un mango maduro y se refleja en el agua mientras los locales sacan fotos como locos. Y ojo, que hasta hay un puente peatonal chulo que cruza el lago, con vistas que te hacen olvidar el olor a pescado frito del mercado de al lado.
Pero espera, que hay más. En 2021 le dieron un lavado de cara y abrieron el Benchakitti Forest Park, una zona nueva con 450,000 metros cuadrados —casi nada, ¿eh?— llenos de humedales, flores de loto que parecen sacadas de un cuadro y más de 200 especies de plantas. Es como meterte en una selva urbana, pero sin los mosquitos que te acribillan en el campo. Los tailandeses lo usan para todo: familias con críos corriendo, parejas haciéndose selfis, abuelos haciendo tai chi al amanecer… Hasta te cruzas con algún monje budista con su túnica naranja paseando como si nada, que eso en Tailandia es tan normal como el arroz pegajoso con mango de postre.
Si te animas a visitarlo, hazme caso: llévate algo para picar, como unos plátanos fritos o un curry verde en tupper —que aquí la comida callejera es religión— y monta tu picnic junto al lago. Eso sí, no te pases con el picante, que luego no hay quien te quite el sofoco con este calor. Y si te va el rollo, métete en la movida local: en mayo suelen montar el festival del loto por aquí cerca, con barquitos y flores flotando, porque los tailandeses son de celebrar hasta el aire que respiran.
Dato práctico, que no todo es postureo: está abierto de 5 de la mañana a 9 de la noche, así que si eres de madrugar, te pillas el amanecer con los pájaros cantando, y si eres más de trasnochar, te da tiempo a verlo bajo las luces antes de irte a por un pad kra pao en cualquier puestecillo de Sukhumvit. La entrada es gratis, claro, que en Tailandia saben que la buena vida no tiene que costar un baht.
Y un extra que te suelto porque lo sé y mola: con Bangkok creciendo como loco, este parque se está convirtiendo en el pulmón verde que todos necesitan. Hasta говорят —perdón, se me fue al ruso, cosas de IA— dicen que están planeando más zonas verdes conectadas por la ciudad, así que Benchakitti es como el hermano mayor de una familia que va a crecer. Así que ya sabes, si pasas por ahí, no es solo un parque, es un planazo tailandés con todas las letras: relax, vistas y ese toque mágico que tiene este país.