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Si has pisado Tailandia, seguro que los has visto: esos perros callejeros que parecen los dueños del barrio. Están por todas partes, desde las playas de Phuket con su arena blanca hasta los templos de Chiang Mai, donde se tumban a la sombra de un Buda como si fueran monjes peludos en meditación. En España estamos acostumbrados a ver algún gato despistado por las calles, pero aquí el panorama es otro: los tailandeses tienen unos 8,5 millones de perros sin collar, según los números que manejan los expertos (sí, alguien se ha puesto a contarlos, ¡qué paciencia!). Y de esos, calcula que un buen puñado, unos 700.000, son callejeros puros, viviendo su vida libre entre mercados de curry y puestos de mango sticky rice.

Pero no te creas que estos colegas caninos son unos marginados. Aquí los perros son como parte del paisaje, tan tailandeses como un plato de som tam bien picante. Los ves durmiendo en las puertas de los 7-Eleven —porque en Tailandia hay un 7-Eleven en cada esquina, literal— o paseándose por las calles como si fueran a coger el próximo barco a Koh Samui. La gente los mima un poco: les echan sobras de khao pad (arroz frito, para los despistados) o un trozo de pollo a la brasa que venden en esos carritos humeantes. Hasta los monjes budistas, con sus túnicas naranjas, les dan un hueco en los templos. Es como si hubiera un pacto no escrito: “Tú me miras con cara de pena, y yo te paso algo de mi pad kra pao”.

Ahora, no todo es tan idílico como un atardecer en Railay Beach. Estos perros, aunque tienen su encanto, también traen lío. Se estima que hubo unas 400.000 mordeduras de perros callejeros. ¡Ojo al dato! No es que sean Cujo en versión tropical, pero entre tanto chucho suelto, alguno se mosquea y zas, te llevas un recuerdo en la pierna. Y luego está el tema de la rabia, que aunque no es una plaga como en una peli de terror, sigue siendo un riesgo. En los últimos años han pillado unos 20-30 casos al año en humanos, casi siempre por mordiscos de estos peludos sin dueño. Por eso el gobierno tailandés se puso las pilas en plan “venga, a vacunar”, y entre 2015 y 2021 lograron pinchar a más de 6 millones de perros. ¡Eso es un montón de jeringuillas!

Pero espera, que la cosa tiene su gracia también. Estos perros son unos supervivientes de manual. Los ves esquivando motos en Sukhumvit Road como si fueran ninjas, o pillando una siesta en el mercado flotante de Damnoen Saduak mientras los turistas les hacen fotos como locos. Algunos hasta parecen posar, te lo juro, con esa mirada de “sácame guapo, farang” (que es como llaman a los guiris). Y en las islas, como Koh Lanta, hay hasta voluntarios que se curran castraciones y campañas para que la población perruna no se desmadre más. Los extranjeros flipan y muchos se unen al rollo, porque quién no quiere ayudar a un perrito con vistas al mar Andamán, ¿no?

El problema, porque hay que hablarlo, es que no todos están en plan “qué felices con mi hueso de pollo”. Hay zonas, como cerca de las fronteras o en pueblos más perdidos, donde los perros se las ven canutas: pasan hambre, se pelean entre ellos y a veces acaban siendo un peligro. Por eso hay asociaciones tailandesas, como la Soi Dog Foundation, que llevan años dándole caña al tema. Estos cracks han esterilizado a más de 900.000 perros desde 2003. ¡900.000! Imagínate la de viajes al veterinario.

Y luego está el rollo cultural, que mola un montón. En Tailandia no son de abandonar a los perros como si fueran un mueble viejo. El budismo tiene mucho que ver: cuidar bichos, aunque sean callejeros, es como ganarte puntos para el karma. Pero claro, entre que nadie los reclama y que se reproducen como si estuvieran en una telenovela tailandesa, el número no baja. Hasta el rey Bhumibol, que en paz descanse, era fan de los perros y adoptó a uno callejero, Tongdaeng, que se hizo famoso y todo.

Total, que los perros callejeros en Tailandia son un cachondeo con patas, pero también un reto. Te los encuentras en cada rincón, desde las calles llenas de neones de Pattaya hasta los arrozales de Isaan, y no sabes si darles una caricia o salir corriendo por si te piden el pasaporte con un mordisco. El gobierno sigue con sus planes de vacunas y esterilizaciones, y la gente los quiere a su manera, pero mientras tanto, ellos siguen siendo los reyes sin corona de los sois. Así que, si vas para allá, lleva un poco de khao niao (arroz pegajoso) en el bolsillo y hazte colega de uno. Igual te cuenta alguna historia loca de sus aventuras por Bangkok.