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Oye, ¿te has cruzado alguna vez con el Hong Thai en Tailandia? Es como el Vicks VapoRub que usaba tu abuela, pero en versión thai, con ese puntito exótico que te hace pensar en templos dorados y tuk-tuks zumbando por las calles. Aquí, en vez de oler a eucalipto de farmacia de barrio, esto te pega un golpe de hierbas raras y especias que parece que te han metido la nariz en un mercado flotante de especias en Ayutthaya. Lo pillas en cualquier 7-Eleven –porque en Tailandia hay uno en cada esquina, como los bares de tapas en Sevilla– por 40 bahts el botecito pequeño (un euro y pico, vamos, una ganga) o 70 bahts el grande (dos euros y algo, para los que van a lo grande).

Esto no es un simple ungüento, ¿eh? Los tailandeses lo usan para todo, como si fuera el cuchillo suizo de los remedios caseros. ¿Te duele la cabeza después de zamparte un pad thai picante en un puesto callejero de Chiang Mai? Te untas un poco en las sienes y listo, como si Buda te diera un masaje. ¿Mosquitos zumbándote en la selva de Khao Sok? P’alante, un pegote en las piernas y esos bichos huyen como si les hubieras echado salsa de pescado fermentada. Hasta para el resfriado, que pillas porque el aire acondicionado en los buses de Bangkok está a nivel Ártico. Te lo echas bajo la nariz y respiras como si estuvieras meditando en un templo en Pai.

El cachondeo es que el bote es diminuto, como de 10 gramos el pequeño y 20 el grande, pero parece que nunca se gasta. Es como el arroz glutinoso con mango que pides en un chiringuito de Krabi: pequeño pero matón. Y el olor… madre mía, no es discreto, no. Es intenso, como si te metieran en una sauna con un monje tailandés quemando incienso a lo bestia. Eso sí, el envase tiene ese rollo retro, con letras en thai y un diseño que parece sacado de los 70, como si lo hubiera diseñado un hippie que se quedó en Koh Phangan después de una Full Moon Party.

Aquí va un dato curioso que igual no sabías: en Tailandia, este tipo de bálsamos llevan siglos en el ajo. No es solo Hong Thai, hay otros como el Ya Mong o el Nam Man Prai, pero este es el rey del mambo, el que todo el mundo tiene en el bolso junto al monedero y el móvil. Dicen que la receta viene de mezclas de hierbas que usaban los curanderos de pueblo, allá por los tiempos en que los reyes de Siam todavía mandaban. Hoy lo fabrica una empresa que se llama Hong Thai Herbal Products, y aunque no es un secreto ancestral perdido, sigue teniendo ese aire de “esto lo hacía mi tatarabuela en el arrozal”.

Y hablando de usos raros, los thai lo echan hasta en los pies después de un día pateando mercados como Chatuchak, o lo mezclan con agua caliente para hacer vahos si el cuerpo está pachucho. Yo lo probé una vez en Koh Lanta, después de quemarme los hombros bajo el sol como un guiri despistado, y oye, no sé si fue el Hong Thai o las ganas de creérmelo, pero me sentí como nuevo para seguir comiendo tom yum goong al día siguiente.

Así que nada, si pasas por Tailandia, no te vuelvas sin tu botecito. Es el souvenir perfecto: barato, útil y con más personalidad que un elefante bailando en un festival de Loi Krathong. Además, cuando lo abras en casa, te va a teletransportar directo a una callejuela de Phuket con olor a curry y gasolina de moto. Eso sí, no te pases untándotelo, que luego vas oliendo como un herbolario ambulante y tus colegas te miran raro.