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Oye, ¿te suena Khan Sa? Sí, ese tipo que era como el Pablo Escobar del sudeste asiático, pero con un toque más de película de kung-fu y menos culebrón colombiano. Este hombre, nacido en 1934 en un pueblecito perdido del estado Shan, en Birmania, justo al ladito de Tailandia, se montó un imperio del opio en el Triángulo Dorado que flipas. Hablamos de esa zona salvaje donde Tailandia, Laos y Birmania se dan la mano, un lugar de montañas verdes, ríos fangosos y aldeas donde el tiempo parece que se quedó tomando un té de jazmín.

Pues Khan Sa, o Khun Sa como lo llaman por allí (que suena a nombre de DJ de Bangkok), no empezó precisamente vendiendo fideos en un mercado nocturno. El tío se metió de lleno en el negocio del opio, que en los 60 y 70 era como el oro líquido de la región. Imagínatelo: mientras en Tailandia la gente freía satays y bailaba al son de la música mor lam, este señor movía toneladas de droga con un ejército privado de 20.000 tipos armados hasta los dientes. ¡Veinte mil! Eso es más gente que la que cabe en un festival de Songkran en Chiang Rai, mojándose con cubos de agua.

El Triángulo Dorado, para que te hagas una idea, es esa jungla espesa donde el Mekong serpentea y los puestos de mango sticky rice brillan por su ausencia. Ahí, Khan Sa se coronó como el rey del opio, controlando según dicen el 70% de la heroína que llegaba a Estados Unidos en los 80. Vamos, que mientras en Bangkok los tuk-tuks zumbaban y las abuelas vendían curry verde en la calle, este hombre estaba forrándose a lo grande.

Pero no todo era glamour de narco. El gobierno tailandés, que no es de los que se quedan mirando las nubes, le tenía el ojo puesto. En los 90, con ayuda de los yanquis, empezaron a apretarle las tuercas. Imagínate las operaciones: helicópteros sobrevolando Doi Suthep, agentes tailandeses con walkie-talkies y algún que otro monje despistado mirando desde el templo. Al final, Khan Sa se rindió en 1996, pero no creas que acabó en una celda comiendo arroz recalentado. No, no. El muy listo negoció su retiro en Rangún, viviendo como un señor hasta que la palmó en 2007. Hay quien dice que hasta abrió un bar o algo por el estilo, aunque eso suena más a leyenda urbana que a reality show tailandés.

Y aquí viene el dato curioso: en Tailandia, el Triángulo Dorado hoy es más un sitio para turistas que un nido de mafiosos. Puedes subirte a una barquita en Chiang Saen, hacerte una foto con el cartel gigante que dice “Golden Triangle” y comprar un sombrero de paja mientras los guías te cuentan batallitas de Khan Sa como si fuera un personaje de serie. Hasta hay un museo del opio en Sop Ruak, con aire acondicionado y todo, para que no te derritas mientras lees sobre su vida.

Así que nada, Khan Sa fue un tipo que vivió a tope, entre disparos y sacos de opio, mientras Tailandia seguía a lo suyo: templos dorados, elefantes paseando y esa vibra de “mai pen rai” (tranqui, no pasa nada) que tanto nos mola. Si pasas por el norte, para en un puestecillo, pide un khao soi bien picante y brindemos con un coco fresco por este narco que, quieras o no, dejó su huella en la tierra del pad thai.