Las Barcas De Cola Larga o Longtail
Si alguna vez has soñado con sentirte como un pirata del Sudeste Asiático, pero sin el parche en el ojo y con un coco fresquito en la mano, las longtail boats de Tailandia son lo tuyo. Estas barcas de cola larga son como las Vespas del mar: ruidosas, rápidas y con más personalidad que un gitano vendiendo melones en un mercadillo. En serio, si vas a Tailandia y no te subes a una, es como ir a Bangkok y no probar un plato de som tam picante que te haga sudar la gota gorda.
Estas joyitas llevan surcando los mares y ríos tailandeses desde tiempos inmemoriales —bueno, técnicamente desde los años 30, cuando alguien decidió que un motor de coche viejo pegado a una hélice era el invento del siglo—. Son barcas de madera, largas y estrechas, con un motor que parece sacado de Mad Max y una hélice que zumba como si estuvieras en un rally acuático. Las verás por todos lados: desde las aguas turquesas de las islas Phi Phi hasta los canales embarrados de los mercados flotantes como Damnoen Saduak. Y ojo, que no son solo para turistas despistados; los tailandeses las usan para todo, desde llevar pescado fresco hasta hacer el reparto de mango sticky rice a domicilio (vale, esto último me lo he inventado, pero molaría).
El rollo es que estas barcas no son solo un medio de transporte, son un cachito de la vida tailandesa. Imagínate: estás en Krabi, el sol pegando como si quisiera freírte un khao pad en la cabeza, y de repente ves a un tío con una camiseta vieja y un sombrero de paja manejando su longtail como si fuera Fernando Alonso en una curva. El motor hace un ruido que parece que va a explotar, pero no, aguanta, porque aquí todo funciona con esa mezcla de caos y magia que solo Tailandia tiene. Y si tienes suerte, igual te cruzas con un monje budista de naranja chillón sentado en la proa, bendiciendo el viaje mientras el viento le despeina la calma.
Hablemos de sitios concretos, que esto no es un folleto soso de agencia de viajes. En Ao Nang, por ejemplo, puedes pillar una para que te deje en Railay Beach, esa playa de postal con acantilados que parecen sacados de Jurassic Park. O si estás en el golfo de Tailandia, en Koh Samui, las usan para llevarte a pescar calamares por la noche —sí, con linterna y todo, como si fueras un ninja del mar—. Y en Bangkok, ni te cuento: en el río Chao Phraya, las longtails esquivan barcazas y ferris como si estuvieran en un videojuego, mientras el olor a sopa tom yum flota desde alguna cocina callejera en la orilla.
¿Datos duros? Venga, que no se diga. Las barcas suelen medir entre 6 y 12 metros, dependiendo de si son para pasear guiris o para currar de verdad. El motor, que es lo que las hace únicas, es un trasto reciclado de coche o camión, con un eje larguísimo que mete la hélice directa al agua. No tienen marcha atrás, así que el piloto tiene que ser un crack para no estamparse contra un muelle o un cocotero flotante. Y aunque antes eran puro handmade tailandés, ahora las hacen hasta en fibra de vidrio para que duren más, porque el mar no perdona ni en el país de los masajes baratos.
Y mira, si me apuras, te suelto un extra que le da más salsa: en algunas zonas como Phuket, los pescadores todavía decoran las proas con cintas de colores y ofrendas a los espíritus del mar. Es como un guiño a las tradiciones, entre tanto turista en chanclas y selfie-stick. Así que cuando te subas a una, no solo estás navegando, estás metiéndote en una peli tailandesa con banda sonora de motor ronroneante y olor a salitre.
En fin, las longtail boats son Tailandia en estado puro: simples, ruidosas, y con un encanto que no te explica ningún guía estirado. Así que ya sabes, la próxima vez que estés por allí, píllate una, ponte unas gafas de sol, y déjate llevar por el vaivén del agua. Eso sí, si te mareas, no me eches la culpa; mejor échale un trago a un Singha bien fría y disfruta del viaje, ¡que para eso estamos!