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Si alguna vez te has perdido entre los puestos de pad thai y curry verde en un mercado de Bangkok, con el olor a lemongrass dándote en la cara y un tuk-tuk pitándote para que te apartes, pues imagínate ese caos, pero en versión política. Eso son los Camisas Rojas y Camisas Amarillas en Tailandia: dos bandos que llevan años dándose caña como si fuera un partido de muay thai, pero con menos patadas y más manifestaciones. Y yo, que soy de España, donde también sabemos liarla con politiqueo, te lo cuento como si estuviéramos compartiendo unos satays en un puesto callejero de Chiang Mai.

Vamos al lío. Los Camisas Amarillas, oficialmente la Alianza del Pueblo por la Democracia (qué nombre tan rimbombante, ¿no?), son los que apoyan a la monarquía y a los peces gordos de la ciudad. Imagínatelos como los que prefieren tomarse un café caro en un mall de lujo en Sukhumvit mientras miran por encima del hombro a los demás. Empezaron en 2005, cuando se cabrearon con Thaksin Shinawatra, un ex primer ministro que para ellos era como el demonio con corbata. Este tío, un millonario que se hizo con el poder en 2001, tenía a media Tailandia comiendo de su mano, sobre todo a la gente del campo. Pero los Amarillos, con su rollo elitista, no lo tragaban. En 2008 se liaron tanto que tomaron el aeropuerto de Bangkok, el Suvarnabhumi, y dejaron a miles de guiris flipando sin poder pillar su vuelo a Phuket. Menudo espectáculo: camisetas amarillas everywhere, silbatos y pancartas, como una fiesta rave pero sin música electrónica.

Luego están los Camisas Rojas, o el Frente Unido para la Democracia contra la Dictadura (otro nombre que parece sacado de una peli de acción). Estos son los fans de Thaksin, los del norte y el noreste, los que sudan la gota gorda en los arrozales de Isaan y se comen un som tam picante sin pestañear. Para ellos, Thaksin era el Robin Hood tailandés: les dio sanidad barata, microcréditos y un poco de amor desde Bangkok, que suele olvidarse de los pueblos. Cuando en 2006 un golpe militar mandó a Thaksin a freír espárragos (o más bien a exiliarse), los Rojas se pusieron las pilas. En 2010 montaron un campamento en el centro de Bangkok, en la zona de Ratchaprasong, con altavoces, comida callejera y un ambiente que parecía mitad manifa, mitad festival de Songkran. Pero la cosa se torció: el ejército entró a saco y hubo 91 muertos. Un drama que ni en un capítulo de “La Casa de Papel”.

¿Y los colores? No es que sean muy originales, la verdad. El amarillo es por el rey Bhumibol, que nació un lunes (el día asociado al amarillo en Tailandia, cosas de la cultura local), y el rojo… pues porque mola y punto, supongo. Aunque hay quien dice que es por la pasión de la gente humilde. Sea como sea, estos dos bandos han convertido las calles de Tailandia en un desfile de camisetas que ni el Black Friday del MBK Center.

Desde entonces, la cosa ha seguido dando tumbos. En 2014 otro golpe militar volvió a sacudir el avispero, y aunque los Amarillos aplaudieron, los Rojas se quedaron con cara de “¿otra vez?”. Hoy el tema está más calmado, pero no te creas que se han olvidado. Entre el tráfico infernal de Bangkok y los turistas haciéndose selfies con elefantes en Ayutthaya, todavía hay roces. Y con las elecciones de 2023, que esperan ganar los progres de Move Forward (unos que no llevan camisetas de colores, menos mal), parece que el culebrón se ha tomado un respiro. Pero en Tailandia, como en un buen plato de khao soi, nunca sabes cuándo va a picar de nuevo.

Así que nada, si vienes a Tailandia, no te limites a flipar con los templos de Wat Pho o a regatear por un buda de madera en Chatuchak. Pregúntale al taxista qué opina de los Camisas Rojas o Amarillas mientras esquiva motos en Silom Road. Eso sí, no te sorprendas si te contesta con un “mai pen rai” (tranqui, no pasa nada) y te ofrece un mango sticky rice. Aquí todo se lleva con una sonrisa, hasta los líos gordos.