Musulmanes En Tailandia Y El Problema Separatista Del Sur
Si piensas en Tailandia, lo primero que te viene es un tuk-tuk zumbando por Bangkok, un curry verde quemándote la lengua o esas playas de Krabi que parecen sacadas de un salvapantallas. Pero hoy te voy a llevar a otro rollo, al sur profundo, donde las cosas se ponen un poco más picantes, y no por el chili. Hablamos de los musulmanes tailandeses y ese jaleo separatista que lleva años dando guerra por allá abajo, en provincias como Pattani, Yala y Narathiwat. Sí, amigo, Tailandia no es solo templos dorados y masajes baratos; también tiene su dosis de drama.
Aquí va el dato curioso para que te hagas una idea: un 5% de los tailandeses son musulmanes, unos 3 millones de almas, según el censo de 2018. La mayoría están apretujados en esas tres provincias del sur, pegaditas a Malasia, donde el rollo es más bien “salaam aleikum” que “sawasdee krap”. Imagínate el contraste: mientras en Chiang Mai te están sirviendo un khao soi con pollo y fideos crujientes, en Pattani te pueden ofrecer un nasi kerabu, ese arroz azul raruno que tiñen con flores y que sabe a gloria con un poco de pescado frito. Son mundos distintos dentro del mismo país, y eso mola, pero también da pie a líos.
El tema separatista no es nuevo, ¿eh? Viene de lejos, como ese puesto de mango sticky rice que lleva décadas en el mismo esquina. Desde 2004, según los números oficiales, han muerto unas 7.000 personas por este conflicto. ¿Qué pasa? Que muchos musulmanes malayos de estas zonas no se sienten muy tailandeses. Hablan yawi, un dialecto malayo, rezan mirando a La Meca y tienen más en común con sus vecinos de Kuala Lumpur que con los budistas de Bangkok. Durante siglos fueron un sultanato independiente, hasta que Tailandia les dijo “ven pa’cá” en 1909 y los anexionó. Imagínate que te obligan a comer tortilla de patatas cuando tú eres más de paella; pues algo así.
Pero no te creas que es solo un “ellos contra nosotros”. El gobierno tailandés ha intentado calmar el asunto con pasta y promesas: que si más escuelas, que si mezquitas nuevas, que si jobs para la peña local. En un año pueden soltar 1.200 millones de bahts (unos 35 millones de euros) para proyectos en el sur, según leí en un artículo de Bangkok Post hace poco. ¿Funciona? Bueno, a medias. Algunos dicen que sí, que la cosa está más tranquila, pero luego te enteras de que todavía echan bombazos en mercados y tiroteos en carreteras polvorientas de Yala. Es como cuando intentas apagar un fuego con un vaso de agua: algo hace, pero las brasas siguen vivas.
Y ojo, que no todo es bronca. En el sur también hay vida, color y una mezcla brutal. Pásate por un mercado de Narathiwat y flipa con los puestos: telas con estampados que parecen arte puro, satays de cordero pinchados en bambú y tías con hiyab vendiendo dulces pegajosos de coco que te dejan los dedos como si hubieras metido la mano en un bote de miel. La peña es maja, te sonríe aunque no hables ni papa de yawi, y si tienes suerte, igual te invitan a un teh tarik, ese té con leche que preparan como si fueran malabaristas.
Eso sí, el rollo separatista sigue siendo el elefante en la habitación. Hay grupos como el BRN (Barisan Revolusi Nasional) que no sueltan el hueso y quieren su propio cachito de país. No es que salgan en el telediario todos los días, pero cada cierto tiempo la lían con ataques a policías o estaciones de tren. El gobierno, mientras, juega al palo y la zanahoria: soldados por un lado, negociaciones por otro. Ahora parece que hay un dialogo en marcha con algunos líderes rebeldes en Kuala Lumpur, pero a saber cómo acaba esto. Es Tailandia, aquí todo va a su ritmo, como los barcos longtail surcando el mar de Andamán.
Así que nada, la próxima vez que te pierdas por un night market en Bangkok comiendo brochetas de calamar, acuérdate de ese sur que no sale tanto en Instagram. Es otra Tailandia, con mezquitas en vez de templos, arroz azul en vez de fideos y un culebrón separatista que lleva más temporadas que una serie mala. Pero oye, sigue siendo Tailandia: caótica, sabrosa y con una habilidad loca para seguir adelante aunque el guion se complique.