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Si alguna vez has leído titulares sensacionalistas sobre monos esclavizados trepando cocoteros en Tailandia mientras un capataz con látigo les grita “¡Más rápido, pequeño peludo!”, déjame decirte algo: eso es una película de Hollywood que nunca se filmó. La realidad es mucho menos dramática y, francamente, más lógica. La industria cocotera tailandesa no usa monos para recolectar cocos. Punto. Es una idea tan absurda que casi da risa, pero como el mito sigue flotando por ahí (gracias, PETA), vamos a desmontarlo con calma, un coco a la vez.

Mira, no digo que los monos nunca hayan tocado un cocotero en Tailandia. De hecho, te doy un ejemplo personal: la familia de mi mujer, en un pueblo del sur, tenía monos que les ayudaban a bajar cocos. Pero no te imagines una plantación industrial con filas de monos encadenados sudando la gota gorda. No. Eran más como mascotas con un hobby útil. Estos monos vivían en el pueblo, bien alimentados, con nombres adorables (seguramente algo como “Coco” o “Mani”), y estaban adiestrados para trepar y tirar cocos como quien saca un favor a un amigo. “¿Bajas unos cocos, colega? Te doy un plátano luego.” Vivían mejor que muchos humanos, te lo aseguro: sin alquiler que pagar, dieta tropical y vistas desde las copas de los árboles. ¿Esclavitud? Por favor, esos monos eran los reyes del vecindario.

Ahora, llevemos esto a la industria cocotera. Tailandia exporta más de medio millón de toneladas de cocos al año. ¿De verdad alguien cree que un ejército de monos, por muy talentosos que sean, está detrás de eso? Hagamos cuentas: un mono bien entrenado puede bajar hasta 1,000 cocos al día (sí, son máquinas cuando quieren), mientras que un humano con un palo largo y un café decente hace unos 80. Suena bien, ¿no? Hasta que piensas en la logística. ¿Cómo coordinas miles de monos sin que se distraigan con una mariposa, se peleen por un coco o decidan que es hora de una siesta? Imagina al gerente de la plantación: “¡Eh, Somchai, tu mono lleva 20 minutos rascándose el trasero en vez de trabajar!” No, gracias. Es más fácil contratar a un tipo con una escalera y una cerveza al final del turno.

La verdad es que la industria usa herramientas modernas: postes largos, maquinaria, y pura fuerza humana. Claro, en algunos pueblos pequeños o granjas familiares, como la de la familia de mi mujer, un mono puede ser parte del equipo. Pero eso es folclore, no una cadena de producción. Decir que Tailandia depende de monos para sus exportaciones es como decir que España hace el jamón ibérico con cerdos amaestrados que se cortan las patas solos. Es ridículo.

El Departamento de Agricultura tailandés incluso lanzó el sello “GAP Monkey Free Plus” en 2022 para callar bocas.

Certifican plantaciones sin monos y hasta pusieron un logo bonito para que el mundo sepa: “Oye, nuestros cocos son 100% libres de drama simio.” ¿Por qué? Porque grupos como PETA hicieron tanto ruido con lo de los monos “torturados” que los supermercados extranjeros empezaron a dudar. Pero la industria no está luchando contra una realidad, sino contra una caricatura. Y mientras tanto, los monos del pueblo siguen viviendo su mejor vida, bajando cocos cuando les da la gana y riéndose de nosotros desde las ramas.

Así que, la próxima vez que alguien te diga que tu leche de coco viene de la sudorosa frente de un mono esclavizado, míralo con una ceja levantada y dile: “No, amigo. Eso es solo una buena historia para asustar veganos.” La industria cocotera tailandesa no necesita monos. Y los monos, sinceramente, están demasiado ocupados siendo las estrellas de sus propios pueblos.