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Imagínate zumbando en un tuk-tuk por las calles de Bangkok, con el olor a pad thai y jazmín pegándote en la cara mientras el conductor esquiva motos cargadas de pollos como si fuera un videojuego. Así es Tailandia, un lugar donde el caos baila su propia canción, y el arroz no es solo comida, es el MVP del país. Entre los templos dorados de Wat Phra Kaew y los mercados flotantes de Amphawa, la política y el arroz se enredan como el chile con la salsa de pescado: a veces pica, pero siempre tiene sabor.

Aquí el arroz es la vida. Piensa en los campos infinitos de Chiang Mai, con búfalos chapoteando y agricultores con sombreros cónicos que parecen sacados de una peli. Ese arroz glutinoso que te zampas con mango en un puesto de Ayutthaya no solo está rico, es el motor del país. En 2022, Tailandia exportó 7.7 millones de toneladas de arroz, según la Asociación de Exportadores de Arroz Tailandés, y eso lo pone como el segundo exportador mundial, solo detrás de India. Nada mal para un país donde el khao niao (arroz pegajoso) es tan sagrado que lo usan hasta en los postres. Pero claro, cuando los políticos meten la cuchara en el arroz, la cosa se pone más caliente que un curry verde en un puesto de Udon Thani.

Los gobiernos tailandeses suben y bajan como las olas en las playas de Krabi. Hace unos años, en 2011, Yingluck Shinawatra llegó prometiendo comprar arroz a los agricultores a precios de oro: 15,000 baht por tonelada, casi el doble del mercado. ¿La idea? Ayudar a los campesinos y llenarles los bolsillos. ¿El resultado? Un desastre épico. Se acumularon 18 millones de toneladas en almacenes, el gobierno se gastó 700,000 millones de baht (unos 20,000 millones de dólares), y al final el arroz se pudrió o se vendió a pérdida. Los agricultores de Isaan y los vendedores de Sukhothai salieron a las calles con megáfonos, mientras los exportadores veían cómo Vietnam y la India les comían el mandado. Es como si te prometieran un festín de tom yum y te dejaran solo con el hueso.

Pero no todo es drama en el reino de Siam. Los tailandeses tienen ese “mai pen rai” (no pasa nada) que te hace relajarte aunque el mundo se esté cayendo. El año que viene se esperan que las exportaciones suban a 8.2 millones de toneladas, y que el arroz jasmine vuelva a brillar en los mercados de Japón y EE.UU. Entre golpe político y golpe de calor, la vida sigue: los monjes recogen limosnas al amanecer en Luang Prabang, las abuelas asan satay en Chiang Rai y los chavales juegan takraw en cualquier esquina polvorienta. Hasta el rey Rama X, que anda entre Alemania y su palacio en Bangkok, sabe que el arroz es el pegamento de esta locura.

Y un dato curioso que te suelto porque lo sé: ¿sabías que Tailandia tiene más de 40,000 variedades de arroz? Desde el jasmine perfumado hasta el negro pegajoso que usan en los dulces de Kanchanaburi. Eso es biodiversidad con sabor. Así que, cuando estés en un chiringuito en Pattaya devorando khao pad con cerdo crujiente, piensa en esto: cada grano lleva sudor, promesas rotas y ese espíritu tailandés que dice “sí, la política es un lío, pero al menos tenemos nam pla y una buena fiesta Songkran para compensar”. ¡Eso es Tailandia, amigo!