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Si te has pateado Tailandia como yo, seguro que has visto de todo: templos dorados que brillan como si Buda los hubiera pulido él mismo, puestos callejeros donde el pad thai te hace salivar antes de pedirlo, y esos mercadillos nocturnos en Chiang Mai con más colores que una postal psicodélica. Pero hay algo que no sale en las guías de viaje, algo que te encuentras por casualidad en un pueblo perdido o en una callejuela de Isaan: el satho. O sea, el vino clandestino de arroz pegajoso que los tailandeses se sacan de la manga como si fuera un truco de magia.

Aquí un español como yo, acostumbrado al Rioja y al tinto de verano, se queda flipando. ¿Vino de arroz? Sí, amigo, pero no te imagines una bodega con barricas de roble. Esto es más bien un brebaje casero que fermenta en garrafas chungas, probablemente en el patio trasero de alguna casa de madera en medio de la nada. El satho lo hacen con arroz glutinoso –ese que usas para el khao niao con mango, tan pegajoso que podrías usarlo de masilla– y un puñado de levadura que parece sacada de un experimento raro. Lo dejas unos días al sol tailandés (que pega como si quisiera cocerte vivo), y ¡bam!, tienes un líquido turbio que huele a aventura y sabe a… bueno, a algo entre dulce, fuerte y “esto no sé si me va a matar”.

En el noreste, en la región de Isaan, esto es como el agua para ellos. Allí, entre campos de arroz y búfalos que te miran con cara de “qué haces aquí, farang”, el satho es el rey de las reuniones. Lo sirven en jarras o en vasos cutres de plástico, y te lo ofrecen con esa sonrisa tailandesa que dice “prueba, no pasa nada” (aunque igual sí pasa). Dicen que tiene entre 10 y 15% de alcohol, pero yo creo que eso depende de cuánto se le haya ido la mano al que lo hizo. Hay veces que pega como un uppercut de un luchador de muay thai.

Lo curioso es que este invento lleva años siendo ilegal. El gobierno tailandés lo prohibió en los 80 porque, claro, no pagas impuestos por algo que fermentas en un bidón detrás del gallinero. Pero, ¿sabes qué? A los locales les da igual. Es como si les pidieras que dejen de echar salsa de pescado al som tam. Imposible. En sitios como Ubon Ratchathani o en algún pueblo cerca de Khon Kaen, te lo venden en plan discreto: una señora con cara de abuela te pasa una botella envuelta en una bolsa de plástico como si fuera un secreto de estado. Y tú, con tu cara de guiri, pagas 20 bahts (unos 60 céntimos) y te sientes parte del club.

No te voy a mentir, el satho no es para todos los paladares. La primera vez que lo probé, en un bar improvisado al lado del Mekong, pensé que me habían dado gasolina con azúcar. Pero luego, entre el calor pegajoso, el sonido de los grillos y un plato de larb picante que me estaba quemando la lengua, le pillé el punto. Es como Tailandia en un trago: caótico, intenso y con un puntito de “esto no lo cuento en casa”.

Si te animas a buscarlo, ojo: no lo pidas en un sitio fancy de Bangkok con luces de neón y cócteles de 300 bahts. Esto es de pueblo, de charlar con un granjero que te cuenta su vida mientras peláis juntos un mango verde. Y si te pasas de valiente y te bebes media garrafa, no digas que no te avisé cuando estés viendo elefantes rosas por la carretera a Pai.

Dato extra que me chivan mis fuentes (o sea, mi curiosidad y lo que he cotilleado por ahí): incluso hubo movida porque algunos pueblos querían legalizarlo para venderlo como “producto cultural”. Imagínate, satho en botellitas monas para turistas. Pero de momento, sigue siendo el tesoro pirata de los tailandeses. Así que, si vas por Isaan y alguien te ofrece un traguito con un guiño, dale. Es de las cosas que hacen que Tailandia sea tan cojonudamente loca.