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Vivir en Tailandia es como meterte en una peli loca donde hay de todo: tuktuks zumbando por las calles, olor a pad thai flotando en el aire y personajes que ni Tarantino se inventaría. Llevo un tiempo aquí, en esta tierra de templos dorados, curry picante y sonrisas que parecen eternas, y hoy me ha dado por contarte cómo veo este caos tan maravilloso desde mi balcón en Bangkok (bueno, no es un balcón de verdad, es más bien una ventana con vistas a un puesto de mango sticky rice).

Primero, lo que dice el título: sí, hay prostitución, y no, no es un secreto. En sitios como Patpong o Walking Street en Pattaya, el neón parpadea y las chicas (y chicos, que aquí no se discrimina) te llaman con un “hello handsome” que suena a guión ensayado. No te voy a aburrir con moralinas, pero los datos son claros: en 2022 (estimaron, que aquí todo es un poco a ojo) que unas 200,000 personas curran en esto, muchas en zonas turísticas como Phuket o Chiang Mai. Es parte del paisaje, como los monjes con sus túnicas naranjas recogiendo limosna al amanecer o los perros callejeros durmiendo en cualquier sombra. A veces pienso que Tailandia es un país que te guiña el ojo y te dice: “Oye, aquí cabe todo, tú decides cómo lo miras”.

Luego están los chinos, que han tomado el país como si fuera un buffet libre de tom yum. Desde que Thailandia abrió las puertas al turismo postpandemia, los grupos de viajeros chinos han vuelto con ganas. Según las cifras oficiales del Ministerio de Turismo, unos 3.5 millones de turistas chinos pisaron suelo tailandés, y te juro que la mitad los vi yo mismo en el Gran Palacio comprando sombreros de paja y gritando para hacerse selfies con los budas. En Sukhumvit, los carteles en mandarín ya son tan comunes como los de masajes a 200 baht (unos 5 euros, un chollo). Hasta en mi bar favorito de Silom ahora sirven dumplings con el curry, y oye, no está mal la mezcla.

¿Y lo de Hollywood? Bueno, no es que Brad Pitt esté rodando en mi soi (callejón), pero Tailandia tiene ese rollo cinematográfico que flipas. ¿Te acuerdas de La playa con DiCaprio? Esa bahía de Maya Bay en Phi Phi sigue siendo un imán para guiris, aunque ahora está más regulada porque la liaron parda con el turismo masivo. O El hombre de la pistola de oro, con James Bond zorreando por Phang Nga Bay entre esas rocas que salen del agua como dientes de dragón. Yo mismo he paseado por ahí en un longtail boat, con el agua turquesa salpicándome y un tío vendiéndome coco fresco por 50 baht. Es como vivir en un plató, pero con más sudor y menos presupuesto.

Y hablando de presupuesto, aquí todo tiene un giro relajado que me encanta. El otro día, en el mercado de Chatuchak, mientras regateaba por una camiseta de elefantes (10 euros me pedían, acabé pagando 3), vi cómo un tailandés se comía un plato de som tam (ensalada de papaya que pica como el demonio) con una calma que ni Buda meditando. Esa es la clave de Tailandia: da igual el follón que haya alrededor, siempre hay un puesto de noodles, una birra fría o un “mai pen rai” (no pasa nada) para quitarle hierro al asunto.

Ojo, que no todo es jauja. El tráfico en Bangkok es un infierno –los atascos en Sukhumvit son tan épicos que una vez tardé una hora en moverme 500 metros–, y el calor te pega como un puñetazo húmedo de mayo a octubre. Pero luego te tomas un té helado con leche en un 7-Eleven (aquí son templos modernos, te lo juro) y se te pasa. Además mi sueldo de español exiliado da para algún capricho, como un masaje de pies en Chiang Mai o un fin de semana en las playas de Krabi, que parecen sacadas de un filtro de Instagram.

Así que nada, colega, si vienes a Tailandia, prepárate para flipar. Es un país que te mezcla lo sagrado con lo profano, lo caótico con lo zen, y te lo sirve con una salsa de pescado que huele a rayos pero sabe a gloria. Yo, mientras tanto, seguiré aquí, peleándome con los mosquitos y brindando con mi Chang a la salud de este desmadre tropical. ¿Te apuntas?