Turismo De Lavado De Conciencias
Mira, Tailandia es un sitio que te flipa desde el minuto uno: templos dorados que brillan como si estuvieran sacados de una peli de Indiana Jones, playas en Krabi donde el agua parece un batido de piña colada, y puestos callejeros en Bangkok donde por 50 bahts (unos 1,30 euros) te zampas un mango sticky rice que te hace replantearte la vida. Pero, ay amigo, no todo es tan de postal como parece. Hay un rollo detrás de tanto selfie con elefantes y cursos de meditación en Chiang Mai que tiene su miga: el turismo de lavado de conciencias, o como lo llaman los guiris, voluntourism. Y aquí, en el país de las sonrisas, esto se ve a lo grande.
La movida es sencilla: te plantas en Tailandia, te pillas un vuelo low cost desde España (pongamos 600 pavos si lo cazas bien), y decides que no solo quieres broncearte en Phuket o flipar con las luces del Gran Palacio. No, tú quieres “hacer algo por el mundo”. Así que te apuntas a uno de esos programas que por 1.500 euros te meten dos semanas jugando con niños en un orfanato en Isaan o dando de comer a elefantes “rescatados” en un santuario cerca de Pai. Suena guay, ¿verdad? Bueno, espera, que la cosa tiene truco.
La ONU ya dijo que el 70% de los orfanatos en países como Tailandia no son lo que parecen. Muchos son puro teatro para turistas con buen corazón (y algo de pasta). Familias locales a veces “ceden” a sus chavales a estos sitios porque el negocio mueve unos 100 millones de dólares al año. Tú llegas, te sacas la fotito con los peques mientras les enseñas cuatro palabras en inglés, y te vas tan feliz pensando que has cambiado vidas. Pero, colega, a veces lo único que has cambiado es el saldo de tu cuenta y el ego de algún listillo que lleva el cotarro.
Y luego están los santuarios de elefantes, que en Tailandia son como los bares de tapas en Sevilla: los hay buenos, malos y regulares. Algunos son de verdad un refugio para estos bichos enormes que han sido machacados por años en circos o cargando turistas por la selva de Kanchanaburi. Pero otros… pfff, otros son un escaparate. Un informe de World Animal Protection sacó los colores a unos cuantos: elefantes encadenados por la noche, mal comidos, y todo para que el guiri de turno se haga un reel dándoles plátanos. ¿Sabías que un elefante come unos 200 kilos de comida al día? Si el “santuario” te cobra 50 pavos por una mañana y no ves montañas de fruta, haz cuentas.
Pero no te me rayes, que Tailandia sigue siendo una pasada. Yo lo que te digo es que abras los ojos entre tanto curry verde y masaje de pies a 200 bahts (5 euros, ¡una ganga!). Si quieres ayudar de verdad, no te fíes del primer cartel que veas. Busca proyectos serios, como los de la Fundación Sangha en Chiang Rai, que curran con comunidades locales sin montar circos para turistas. O pásate por un mercado flotante como el de Damnoen Saduak, compra un coco fresco y charla con la gente de allí; a lo mejor no salvas el mundo, pero al menos no le pones un filtro de Instagram a algo que no lo necesita.
Y si te mola lo de los elefantes, ve a Elephant Nature Park, cerca de Chiang Mai. Ahí sí que cuidan a los bichos como reyes, y no te venden la moto. De paso, prueba el khao soi, ese caldo con fideos y pollo que es como un abrazo en la tripa después de un día pateando. Porque, al final, Tailandia es eso: un sitio brutal para disfrutar, pero con cabeza. Así que nada de lavarte la conciencia con un selfie y un hashtag, ¿eh? Vive el viaje, pásalo bomba, y si quieres echar un cable, que sea de verdad. ¿Otra Singha?